
Lo de querer acercarte a alguien… y quedarte bloqueado.
Eso sí que lo hemos vivido todos.
Te montas la película tú solo:
“No voy a gustarle”
“Seguro que hago el ridículo”
“Paso, mejor no digo nada”
Y así… no pasa nada.
Literal.
La cabeza es curiosa.
Se supone que está para ayudarte…
pero muchas veces es la primera que te sabotea.
Te mete ruido.
Te frena.
Te convence de que no puedes… antes de intentarlo.
Y mientras tanto, la vida sigue.
Te digo algo sencillo.
Pero de los que cuesta hacer.
Cuatro palabras.
Solo cuatro.
Perdón.
Por favor.
Te quiero.
Gracias.
Ya.
No hay truco.
Ahora viene lo incómodo.
No es soltarlas sin más.
Es decirlas… de verdad.
Con el porqué.
“Gracias por estar ahí el otro día.”
“Te quiero porque me haces sentir en casa.”
“Perdón por cómo te hablé antes.”
“Por favor, ayúdame con esto, lo necesito.”
Ahí cambia la cosa.
Porque no va de quedar bien.
Va de mostrarte.
Y eso da miedo.
Te sientes raro.
Un poco ridículo incluso.
Normal.
No estamos acostumbrados.
Pero aquí está la gracia.
Cuando lo haces… algo se mueve.
En la otra persona.
Y en ti.
Como si de repente bajara el ruido.
Y quedara lo importante.
Nos complicamos mucho.
Pensamos que hacen falta grandes discursos, seguridad, carisma…
Y no.
Hace falta verdad.
La gente no necesita que seas perfecto.
Necesita que seas real.
Y otra cosa.
Esto no es una técnica para que te quieran más.
Es una forma de estar.
De vivir.
Porque agradecer no es decir “gracias” y ya.
Es mirar lo que tienes… y darte cuenta.
De verdad.
Prueba.
Hoy mismo.
Con alguien cercano.
Sin pensarlo demasiado.
Y luego me cuentas.
Copyright ©️ 2024-2026 Megalion Condal S.L. Todos los derechos reservados I web: evaconm.com